Alemania o cuando la extrema derecha explica lo que los demás ya no pueden. José W. Legaspi

06.09.2026

Alternativa para Alemania (AfD) arrasó en Sajonia-Anhalt. Su victoria habla de sus ideas, pero también del vacío que dejaron socialdemócratas y cristianos conservadores.

Hay derrotas electorales que anuncian cambios de gobierno y otras que revelan algo más profundo: que una parte de la sociedad ha dejado de reconocerse en el sistema político que la representaba. Lo ocurrido este domingo en Sajonia-Anhalt pertenece probablemente a la segunda categoría.

Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo alrededor del 44% de los votos. Más que duplicó el 20,8% conseguido en 2021 y dejó muy atrás a la CDU, que gobernaba el estado desde 2002 y cayó de 37,1% a aproximadamente 18%. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, una fuerza de extrema derecha ganó una elección regional alemana y quedó rozando una mayoría que podría permitirle gobernar sin aliados.

Sería sencillo interpretar el resultado exclusivamente como una resurrección del nacionalismo alemán, el racismo o la xenofobia. Todos esos componentes existen en AfD y sería absurdo minimizarlos. Pero explican sólo una parte del fenómeno.

La pregunta más incómoda es otra: ¿por qué tantos alemanes encontraron finalmente en la extrema derecha una explicación de su realidad que dejaron de encontrar en los partidos democráticos tradicionales?

Para responder hay que retroceder bastante más que una elección.

Durante buena parte del siglo XX, la socialdemocracia alemana supo exactamente a quién representaba. El SPD era el partido de los trabajadores, de los sindicatos, del Estado social, de la movilidad ascendente. Podía perder elecciones, pero difícilmente podía preguntarse para qué existía.

Eso comenzó a cambiar con Gerhard Schröder. A comienzos de este siglo, Alemania atravesaba bajo crecimiento y elevado desempleo. El gobierno socialdemócrata respondió con la Agenda 2010 y las reformas Hartz. Redujo prestaciones, endureció las condiciones para los desempleados, flexibilizó el mercado laboral y favoreció la expansión de empleos de bajos salarios.

El resultado económico fue contradictorio pero importante. Alemania redujo el desempleo y consolidó una formidable plataforma exportadora. Pero también crecieron los trabajos precarios, los miniempleos y la inseguridad de sectores que habían encontrado tradicionalmente protección en la socialdemocracia.

El problema no fue solamente económico. Fue político. Millones de trabajadores descubrieron que el partido creado para protegerlos les explicaba ahora que la modernización exigía aceptar mayores dosis de inseguridad.

La Agenda 2010 terminó convirtiéndose en una herida identitaria para el SPD. Trabajadores, desempleados y sindicalistas se alejaron. Una parte se desplazó hacia Die Linke (La Izquierda). Otra simplemente dejó de votar socialdemocracia. Décadas después, aquella pregunta sigue resonando: si la izquierda acepta que las transformaciones económicas son inevitables y que su función consiste fundamentalmente en administrarlas, ¿para qué sirve la izquierda?

AfD no nació de las reformas de Schröder. Sería históricamente absurdo establecer una causalidad tan directa. Pero creció en el espacio político que también dejó aquella renuncia a representar el conflicto social.

En Alemania oriental ese proceso adquirió características todavía más profundas. La reunificación fue un extraordinario éxito histórico y democrático. Pero su relato triunfal ocultó durante demasiado tiempo los costos humanos de la transformación.

Para millones de ciudadanos de la antigua República Democrática Alemana no significó solamente recuperar libertades. También significó asistir al cierre de empresas, perder empleos, contemplar cómo sus hijos emigraban hacia el oeste y descubrir que buena parte de las nuevas élites económicas, administrativas y culturales llegaban desde afuera.

Las diferencias materiales entre las dos Alemanias disminuyeron con los años. La sensación de pérdida de reconocimiento fue mucho más persistente. Y la política suele cometer un error cuando confunde progreso estadístico con experiencia humana.

Puede demostrarse que una región vive mejor que treinta años atrás y, sin embargo, quienes viven allí pueden sentir que perdieron control sobre su destino. Esa distancia entre la estadística y la percepción es precisamente el territorio donde prosperan los populismos.

Primero falló la socialdemocracia. Después comenzó a fallar la democracia cristiana.

Durante décadas la CDU había logrado absorber buena parte del malestar conservador. Angela Merkel desplazó el partido hacia el centro y construyó una formidable maquinaria electoral. Pero también dejó un espacio a su derecha que AfD comenzó a ocupar.

Friedrich Merz intentó recuperarlo endureciendo el discurso sobre inmigración y seguridad. El resultado de Sajonia-Anhalt plantea una paradoja brutal: cuando la derecha democrática adopta los problemas definidos por la extrema derecha pero no sus soluciones, puede terminar legitimando el diagnóstico de su adversario.

Si durante años se explica que la inmigración se ha convertido en una amenaza decisiva, ¿por qué el elector más preocupado por ella debería votar una versión moderada del discurso cuando dispone del original?

AfD comprendió además algo que sus adversarios parecen haber olvidado: la política necesita un relato. Y ofrece uno sencillo.

Alemania era un país seguro, industrial, orgulloso de sí mismo. Después llegaron las élites cosmopolitas, Bruselas, la inmigración, la transición energética, las sanciones a Rusia, las políticas de género y una clase política que dejó de escuchar. AfD promete devolver a los alemanes el país que supuestamente les quitaron.. ¿Te suena conocido? Adolf Hitler hizo algo similar en el siglo XX

La explicación puede ser históricamente tramposa y políticamente peligrosa. Pero tiene una enorme ventaja: se entiende. Frente a ella, los partidos tradicionales suelen responder con cifras, complejidades, restricciones presupuestarias y explicaciones tecnocráticas.

Y cuando la democracia deja de explicar el mundo, alguien termina explicándolo por ella. Quizás ninguna figura represente mejor las contradicciones de este fenómeno que Alice Weidel.

La principal dirigente de AfD es una economista de formación cosmopolita. Trabajó en Goldman Sachs, desarrolló parte de su carrera profesional en China, habla mandarín y vive con una mujer nacida en Sri Lanka. Juntas crían dos hijos.

Es decir: una mujer homosexual, integrada a las finanzas internacionales, vinculada profesionalmente con Asia y miembro de una familia multicultural encabeza uno de los partidos más nacionalistas, antiinmigración y conservadores de Europa.

La contradicción resulta todavía más evidente cuando se observa el discurso familiar de AfD, que reivindica como modelo la familia constituida por padre, madre e hijos.

La propia Weidel terminó reconociendo la paradoja. Cuando este año fue interrogada sobre esa definición partidaria respondió que ella vive "algo diferente", defendió las condiciones en que crecen sus hijos y sostuvo al mismo tiempo que la familia tradicional debe continuar funcionando como modelo social.

Es tentador resolver todo esto acusándola simplemente de hipocresía. Pero sería perder lo más interesante.

Weidel parece establecer una separación entre aquello que considera legítimo para su vida privada y aquello que su partido propone como norma cultural para la sociedad. No necesita negar su homosexualidad para defender que la familia heterosexual conserve una posición privilegiada dentro del imaginario nacional.

Y, aparentemente, sus votantes tampoco encuentran allí una contradicción insuperable. Eso debería obligarnos a mirar el fenómeno con mayor profundidad.

La extrema derecha contemporánea no necesita dirigentes que reproduzcan personalmente cada uno de los valores que proclama. Necesita dirigentes capaces de transformar malestares diferentes en una identidad política común. Ahí reside probablemente una parte de su fortaleza.

El trabajador que perdió seguridad económica, el habitante del este que siente que Berlín nunca terminó de reconocerlo, quien teme a la inmigración, quien rechaza las políticas climáticas, quien quiere recuperar relaciones con Rusia o quien simplemente desprecia a las élites puede encontrar dentro de AfD una explicación que los reúna.

No importa que sus problemas tengan causas diferentes. El populismo comienza precisamente cuando alguien consigue atribuirlos todos a un mismo culpable.

Por eso el resultado de Sajonia-Anhalt debería preocupar mucho más allá de Alemania. La lección no consiste simplemente en comprobar que la extrema derecha crece. Consiste en comprender por qué encuentra terreno para crecer.

Durante demasiado tiempo una parte de la izquierda europea creyó que podía abandonar el conflicto económico porque la globalización había establecido límites infranqueables. Después, una parte de la derecha democrática creyó que podía apropiarse del lenguaje de los nuevos nacionalismos sin terminar fortaleciendo a quienes lo habían construido.

Ambas apuestas muestran ahora sus límites. AfD no inventó la frustración de Alemania oriental. Tampoco inventó la precariedad, el miedo al descenso social, la crisis industrial ni la sensación de pérdida de control. Lo que hizo fue algo políticamente mucho más eficaz: reunió esos temores y les dio una explicación.

Una explicación simple, ciertamente. Probablemente demasiado simple. Pero la historia enseña que las explicaciones simples se vuelven especialmente peligrosas cuando quienes deberían ofrecer respuestas más complejas han dejado antes de ofrecer respuestas comprensibles.

Ese es quizá el verdadero mensaje de Sajonia-Anhalt. La extrema derecha no comienza a ganar cuando convence a una sociedad de todas sus ideas. Comienza a ganar mucho antes: cuando logra explicar con sencillez aquello que los demás ya no saben explicar políticamente.

José W. Legaspi