Víctor Rostagno cayó mal, sintió que el pie quedaba trabado sobre el suelo y que la rodilla seguía girando. Había llegado a la última pasada de su rutina de suelo en los Juegos Sudamericanos de Asunción 2022, una competencia en la que tenía chances de medalla. Faltaban apenas unos pasos y el saludo final al juez, ese gesto que en gimnasia también forma parte del ejercicio.
No podía apoyar la pierna, pero intentó terminar. “Podía haberme tirado en el piso, podía haberme quedado quieto, pero eso significaba que no terminaba mi serie”, recordó. “Atiné a saludar y, en ese momento, al piso”.
Se cayó. La libreta fría de los puntajes no tiene corazón y las deducciones por aquellos pasos posteriores a la caída lo dejaron a décimas del tercer puesto. Víctor había completado la rutina, pero la rodilla no estaba bien. No lo sabía, o sí, pero no quería asumirlo: la lesión de ligamentos cruzados y menisco lo sacaría de competencia, lo llevaría a dos cirugías y abriría un proceso de recuperación que, con el tiempo, descubrió que no era solo físico.
Cuatro años después de aquella tarde en Paraguay, el gimnasta artístico se prepara para los Juegos Sudamericanos de Santa Fe, Argentina, que se desarrollarán entre el 12 y el 26 de setiembre. Revancha, le dicen. Con 28 años, varias medallas sudamericanas y panamericanas (ver recuadro), y una carrera construida desde niño en una plaza de deportes de Las Piedras, su objetivo inicial no es una medalla ni una marca: es volver a completar un torneo. Dicho de otra forma: volver a ser él.
Sin embargo, Víctor es Víctor, y aunque hable pausado, con la respiración acentuando las palabras como queriendo suavizarlas, Víctor es firme y tiene las cosas claras: “Tenemos ideas de llegar a alguna final, pero el primer objetivo es volver a completar todo. Después de ahí vamos a tener una base para afirmarnos y empezar a pensar en los demás campeonatos”.
La caída que siguió
Rostagno venía de competir en suelo cuando se lesionó en Asunción. Al día siguiente tenía la final de salto, otra de las pruebas en las que podía aspirar a una medalla. Apenas ocurrió la caída, sin conocer todavía el alcance del daño, intentó convencerse de que podía seguir.
Lo retiraron del área de competencia en silla de ruedas, lo vendaron y lo llevaron detrás de escena. Pero él se paró. Hay una foto de ese momento donde está de pie, con la rodilla vendada, intentando entender qué le pasaba.
“Empecé a trotar, iba y volvía. Los médicos me decían: ‘Por favor, sentate, quedate ahí’. Y yo decía: ‘No, no, estoy bien; al otro día competimos, esto no es nada’”, contó.
La resonancia llegó de madrugada. La lesión era grave, pero en aquel momento no alcanzaba a dimensionar lo que implicaba. Su cabeza quedó fijada en una única posibilidad, que no era otra que recuperarse a tiempo para clasificar a los Juegos Panamericanos de Santiago 2023. Otra historia.
Se operó al mes de la lesión. Tenía seis meses para volver, aunque una recuperación de ligamentos cruzados puede extenderse entre nueve meses y un año. El objetivo estaba demasiado cerca, Rostagno avanzó rápido, pero la rodilla todavía no estaba preparada.
Días antes de uno de los campeonatos clasificatorios, durante un control en Uruguay, cayó tras una salida en barra fija. Sintió un dolor distinto, el mayor de su vida. Aun así, siguió adelante. “Yo iba tapando: ‘Esto no es nada, esto no es nada; puedo caminar, puedo caminar’”, explica. Viajó, entrenó sin poder usar plenamente la pierna, se volvió a vendar y compitió. “Até, cinché, cerré los ojos y dale: seis aparatos”.
La rodilla no soportó el torneo. Tampoco el siguiente intento. En un entrenamiento previo a un sudamericano, cayó, la rodilla se torció, quedó trabada y no pudo extenderla. Ahí tomó por primera vez una decisión que hasta entonces había evitado: retirarse de una competencia.
“Mi cuerpo realmente no podía más”, dice, y sus ojos claros, acuosos, también dicen. “Cuando tomé la decisión del ‘no va más’, mi cuerpo aflojó y se sintió mucho mejor”.
Al regresar al país, se hizo una nueva resonancia. La reparación de la primera cirugía ya no estaba bien. El intento de apurar la vuelta había dejado atrás meses de recuperación y abrió la puerta a una segunda operación. A comienzos de 2024, contactado por la Federación Brasileña de Gimnasia y con el respaldo de la Federación Uruguaya, Rostagno viajó a Brasil para operarse con un especialista en lesiones de gimnastas. Pasó dos meses de recuperación allí y después volvió a Uruguay. Esa vez decidió tomarse el año completo.
La segunda vuelta no empezó, sin embargo, dentro del gimnasio. En 2025 Rostagno descubrió que la lesión había dejado otro daño, menos visible que el de la rodilla. Durante meses no quiso pasar cerca del club ni ver los colchones ni mirar las barras que habían sido el centro de su vida desde niño.
“Hasta ese momento no quería saber nada de meterme dentro de un gimnasio”, contó, aunque en algún lugar de su mente aquel chiquilín que empezó con piruetas a los 8 años volvió del pasado y lo cuestionó. “No quería ni pasar por el club, no quería ni pasar por dentro del gimnasio, no quería saber nada de los colchones, no quería saber nada de las barras”, insiste.
Pero el niño que fue no le cree. La gimnasia había empezado para él como un juego. De niño, en la plaza 18 de Mayo de Las Piedras, se anotó junto con su hermano en un programa de verano que ofrecía natación, atletismo y deportes de pelota. Una profesora, Cecilia, detectó su facilidad y lo contactó con el club Olimpia.
Desde entonces, Rostagno vivió entre colchones, polifones, camas elásticas y barras. “Creo que nunca me pesó tener que ir al gimnasio. Quizás tuve una infancia totalmente distinta a los demás, porque mi infancia fue metida ahí adentro, pero la elegí. No me arrepiento”, y otra vez los ojos húmedos, buenos, verdaderos.
Por eso la distancia posterior a la lesión no fue un detalle. Tuvo que procesar que volver no podía significar correr otra vez contra el calendario de competencias, las concentraciones y los viajes. Primero debía volver a sentirse bien dentro del gimnasio.
“Tomé la decisión de volver, pero decidido a estar bien, decidido a querer competir, con mis tiempos”, confiesa. “Uno no se da cuenta, pero también está corriendo con los tiempos de los demás: un campeonato acá, otro campeonato más adelante. El cuerpo no tiene ese proceso de recuperación y la cabeza tampoco”.
El regreso fue gradual. Hacia fines de 2025 participó en un Sudamericano, aunque no completó los seis aparatos. Eligió competir solo en algunas pruebas, como forma de probar el cuerpo y recuperar la sensación de estar otra vez del lado de la competencia. Había estado casi dos años sin disputar un torneo completo.
Santa Fe como comienzo
La preparación para Santa Fe 2026 empezó desde el inicio del año. Rostagno compitió en la Copa Olimpia, un torneo internacional organizado en el club donde se formó, y tomó ese resultado como una señal de que el proceso avanzaba. También estuvo concentrado en San Pablo, Brasil, y ahí volvió como etapa final de la preparación para los juegos.
La gimnasia artística es una disciplina de fuerza, técnica y repetición. Lo que en competencia parece un segundo de impulso, giro y caída, concentra antes muchas horas de ensayo. “La gente ve el resultado, pero no ve el proceso. Son días y horas repitiendo lo mismo, los mismos ejercicios, las mismas prácticas, para competirlos y hacerlo una vez”, dice muy seguro.
También es un deporte que obliga a convivir con el miedo. No necesariamente el miedo a hacer algo nuevo, sino el cuidado que llega con los años, con los golpes y con la conciencia de que el cuerpo ya no se recupera igual. “Una cosa que te da miedo o inseguridad al momento de hacerla también es satisfacción”, cree, y avanza: “Es un motorcito en el día a día para ir a entrenar, para decir: ‘Yo puedo hacer esto’”.
A los 28 años, el motor del niño inquieto ahora le dio un nombre, Rostagno, que forma parte de una generación que busca extender las carreras deportivas gracias a mejores estrategias de carga, nutrición y recuperación. También es técnico en gimnasia y observa en los niños aquello que una vez vieron en él: la falta de miedo, el deseo de intentar un poco más y la capacidad de aprender.
Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 están en el horizonte, aunque Rostagno evita convertirlos en una obsesión o en una meta única. Antes están estos Odesur, los Panamericanos, los Mundiales y las Copas del Mundo. Antes está, sobre todo, la tarea de volver a sentirse completo.
“Quizás no es mi fin los Juegos Olímpicos, pero voy a hacer todo lo posible para estar lo más cerca”, sostuvo. “Y si no, abro los caminos para los demás”. Lo dice, y hay algo en sus gestos que termina de convencer: un movimiento leve del cuello, la grandeza de los ojos, esa especie de resignación que le aparece al fruncir la frente, incluso el roce de los callos de una mano contra los dedos de la otra. Como si en cada gesto hubiera ya una certeza, o al menos una forma de aceptar que el camino puede terminar en él, pero que no tiene por qué terminar ahí.
Es una idea que también define su doble lugar de competidor y entrenador. Porque llegar no es solamente subirse a un podio o clasificar a una cita olímpica. A veces consiste en permitir que otros puedan entrar a un gimnasio, perderle el miedo a una barra, hacer una rueda de carro o imaginarse capaces de algo que alguna vez pareció imposible.
Para Rostagno, después de las lesiones y las cirugías, la vuelta empieza por algo todavía más concreto: volver a terminar.
La entrevista fue realizada en el programa Las ganas y puede verse completa en el canal de Youtube de la diaria.