Hay en la región austriaca de Salzkammergut una expresión popular que los vecinos emplean para expresar que todo está “simplemente bien”: “Alles gschmah”. Esta viene a definir ese estado en el que todo fluye de manera natural, en el que cada elemento tiene su propio ritmo, en el que la vida, aunque solo sea por un instante, puede concebirse como relajada y serena.
Esta sensibilidad especial se atribuye al influjo del Wolfgangsee, el lago al que muchos identifican, más que por su abrumadora belleza, por la calma que favorece con su propia presencia. Hasta hay quien dice que las pulsaciones descienden solo con contemplarlo.
Encajado en un cuenco entre majestuosas montañas y rodeado de bosques en los que se ocultan pequeños pueblos recostados sobre la orilla, lo cierto es que este lago, ubicado a menos de una hora en coche de la ciudad de Salzburgo, dibuja una postal idílica. Especialmente por el color de sus aguas, a las que las partículas de cal confieren unas tonalidades que van desde el zafiro hasta el esmeralda. Es en estos meses estivales, con el sol proyectando sobre su espejo destellos plateados, cuando mejor se aprecia su intensidad. Y también cuando más se disfruta de las actividades en la naturaleza.
Un verano en Wolfgangsee pasa por darse cada mañana un chapuzón refrescante en las áreas de baño que dibujan una suerte de playas de interior, con césped en lugar de arena y tumbonas a la sombra de los árboles. Pero también por surcar las aguas sobre un hidropedal o por empujarse con el viento para navegar a vela, o por aprovechar las corrientes térmicas para practicar surf, windsurf y paddle surf.
Para los de secano, no faltan las rutas de senderismo por prados exuberantes y pastizales alpinos, siempre con vistas a las cumbres imponentes.
El lago que cuenta historias
El conocido como el lago camaleón (así lo llaman los fotógrafos por el cambio de luz) tiene miles de historias sumergidas. Como aquella leyenda que convirtió en santo al obispo Wolfgang de Ratisbona, que había llegado a este lugar para vivir como un ermitaño. Cuentan que construyó una iglesia en el mismo punto donde cayó el hacha que había lanzado montaña abajo y que después hizo brotar agua de una roca plana. Gracias a este milagro, la ermita se convirtió en uno de los centros de peregrinaje más visitado por los católicos.
Tiempo después, la región de Salzkammergut, compuesta por 76 lagos, viviría el esplendor de la sal que le da nombre. Eran los tiempos del Imperio Austrohúngaro, cuando los soberanos europeos descubrieron los poderes curativos de las salinas de la ciudad austriaca de Bad Ischl. La misma emperatriz Sissi disfrutó de estos baños terapéuticos y frecuentó el lago Wolfgangsee en sus muchas escapadas libres del riguroso protocolo de la corte.
Como ella, ya en el siglo XIX, artistas e intelectuales vieron en estos parajes todo un caudal de inspiración. Gustav Klimt pintó una serie sobre el lago Attersee, que forma parte de la colección permanente del Leopold Museum de Viena. El escritor Stefan Zweig ensalzó la belleza de la zona en sus múltiples cartas y diarios, y la recordó con nostalgia en sus memorias póstumas, tituladas El mundo de ayer. También Johann Strauss, Gustav Mahler y Johannes Brahms alumbraron célebres melodías con el marco de las montañas. Hasta el hotel Im Weissen Rössl inspiró una famosa opereta, La Posada del Caballito Blanco, que, con su estreno en Berlín en 1930 (y su posterior adaptación cinematográfica) colocó en el mapa turístico la estampa bucólica de estos paisajes.
Del barco de vapor al tren cremallera
Nada como navegar por el lago, solo durante los meses de verano, a bordo del histórico barco de vapor llamado Kaiser Franz Josef I, tal y como se hacía en la época imperial en lo que supuso, para su tiempo, todo un triunfo tecnológico. Una travesía nostálgica que acerca a pintorescos pueblos como St. Gilgen, en la orilla norte, donde se esconden las raíces de un genio: Wolfgang Amadeus Mozart. Aquí nació su madre, Anna Maria Pertl, y vivió su hermana, Nannerl, en una casa que hoy es utilizada para eventos, conciertos y seminarios, aunque hay quien también la elige para casarse por lo civil.
Más allá de la huella del músico (no falta su escultura en la plaza que lleva su mismo nombre ni las placas en la iglesia de San Egidio, donde se casaron sus abuelos), St. Gilgen es un pueblo encantador en el que las fachadas lucen los coloridos frescos de lüftlmalerei, una técnica de pintura mural y trampantojo típica de Austria y Baviera. Un buen plan es visitar el curioso Museo del Instrumento, donde Askold zur Eck no solo ha reunido más de 6.000 ejemplares procedentes de todo el mundo, sino que hasta se atreve a tocarlos si el visitante se lo pide. E imprescindible es subir al pico Zwölferhorn a través de un teleférico alimentado por placas solares, desde el que se obtienen fabulosas vistas sobre el entorno.
St. Wolfang es otro pueblo de cuento, también a la vera del Wolfgangsee y desparramado por las laderas del monte Schafberg, a cuya cima (1.783 metros) llega el Schafbergbahn, el tren cremallera con mayor desnivel de Austria. La estación desde la que parte no solo fue reconocida con el prestigioso Prix Versailles 2024 de la Unesco por su arquitectura rompedora, sino que es considerada por muchos rankings viajeros como una de las estaciones de pasajeros más bellas del mundo. Una vez en las alturas, además de disfrutar de la más hermosa panorámica, lo suyo es tomar algo en el Schafbergspitze, el hotel alpino más antiguo del país —abrió en 1862—, para después volver a descender hacia el lago milenario que es uno de los grandes tesoros de Austria.