Marruecos ha dado pasos diplomáticos de gigante en el tablero internacional, muy por encima de su talla de potencia regional emergente en el norte de África, con la bendición de tres miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU —Estados Unidos, Francia y Reino Unido— y la abstención de los dos restantes —Rusia y China—. En el último lustro, este país de poco más de 38 millones de habitantes y un producto interior bruto 10 veces inferior al español se ha convertido, además, en el mayor importador de armas del continente.
El reconocimiento por Donald Trump de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental a finales de 2020 marcó un punto de inflexión en la política exterior del país, destaca Bernabé López García, arabista y veterano conocedor de Marruecos: “Por primera vez, una gran potencia como EE UU confirmó la tesis de Rabat saltándose la ONU a la torera. Fue en el tiempo de descuento de la estancia del presidente en la Casa Blanca, lo que dio un aire de improvisación a la decisión, como hecha por la puerta de atrás”, recuerda el profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid, que explica que, “a cambio de establecer relaciones con Israel, Trump envalentonó a Marruecos, que endureció desde entonces su política exterior presionando a diestro y siniestro, antes de que se aprobara el pasado octubre la resolución del Consejo de Seguridad 2797, obra de la nueva Administración de Trump en su segundo mandato”. Rabat logró el espaldarazo de colocar en el centro del debate de la ONU su plan de autonomía para el Sáhara. “Le sirvió de gran ayuda, una vez conseguidos muchos más apoyos, entre otros los de países clave como Francia, Reino Unido, Alemania o España, la antigua potencia colonial”.
Queda poco para la próxima votación sobre el Sáhara en el Consejo de Seguridad, a finales de octubre. Hasta entonces, hay observadores que se han preguntado, apunta Bernabé López, si lo que está ocurriendo actualmente en Ceuta puede suponer un gesto del sector marroquí más duro del poder para hacerle “un favor al amigo americano que ponga en un aprieto a Pedro Sánchez (como enemigo del republicano), y de paso apoye a los irredentistas (partidarios del Gran Marruecos más allá de sus fronteras reconocidas)”, con vistas a la campaña electoral de las legislativas del 23 de septiembre. Los comicios languidecían ajenos al interés ciudadano antes de que la crisis migratoria de Ceuta actuara como revulsivo de la movilización a las urnas.
El país magrebí parece más sólido hoy en sus relaciones exteriores que en la crisis del islote español Perejil (Laila, para los marroquíes) que marcó en 2002 los primeros años de reinado de Mohamed VI y puso a Marruecos y España al borde de un conflicto armado. Fuerzas de seguridad marroquíes ocuparon un peñasco deshabitado, situado cerca de la costa, hasta que fueron desalojadas por el Ejército español. Incluso se muestra más asertivo que en la crisis de la frontera de Ceuta, en 2021, en la que cerca de 10.000 marroquíes irrumpieron en la ciudad autónoma española ante la laxitud de las fuerzas de seguridad de Rabat. Y, en plena crisis migratoria desde el pasado mes de julio, ha reactivado también la cuestión de la soberanía sobre Ceuta y Melilla —por boca de varios ministros, uno de ellos en presencia del mismo rey Mohamed VI— tras haber avanzado varias casillas en su posición diplomática en el Sáhara.
Enrocado en la tesis de la autonomía tras la deriva en su favor de Estados Unidos, parece jugar ahora con ventaja. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, reconoció en 2022 ante Mohamed VI en la capital marroquí que consideraba la propuesta de autogobierno bajo soberanía de Rabat como la solución “más seria, realista y creíble” para el enquistado conflicto del Sáhara, que cumplió 50 años en 2025. En contrapartida, Madrid y Rabat sellaron el “compromiso mutuo de evitar el uso de reclamaciones unilaterales de soberanía y de acciones que puedan ofender a la otra parte”.
Ante la actual convulsión en Ceuta, Bernabé López advierte de que Marruecos no debería estar en condiciones de poder abordar una reclamación sobre las ciudades autónomas sin resolver antes plenamente la cuestión del Sáhara. Pero eso sería “en puridad con el derecho internacional de antes en la mano, ya que ahora todo está patas arriba”. Ceuta y Melilla no son territorios por descolonizar, según la ONU, y Marruecos nunca ha logrado cambiar esa situación, aunque “en los tiempos que corren, eso puede importar poco”.
De la mano de Washington, el país norteafricano se ha rearmado hasta superar las compras militares de Argelia, su mayor rival regional, de acuerdo con el último informe del Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (Sipri). Estados Unidos suministra el 60% de las adquisiciones de armas, frente al 10% procedente de Francia, que se ha visto desplazada del segundo puesto tras el restablecimiento de relaciones con Israel hace seis años.
El reconocimiento de Washington de la autoridad marroquí sobre el Sáhara conllevó la normalización de unas relaciones ya existentes por debajo del radar con Israel. Avanzaron con brío en materia de seguridad y defensa, en la carambola diplomática de los llamados Acuerdos de Abraham. Como explica Lahcen Haddad, académico marroquí experto en asuntos internacionales, “el paso dado por EE UU supuso un hito significativo. Formó parte de un proceso diplomático iniciado años antes por Rabat para alcanzar una solución mediante la iniciativa de autonomía marroquí”. En su opinión, la importancia de esta decisión radicó en el papel hegemónico de Estados Unidos en las relaciones internacionales y la coherencia de su postura. “Contribuyó a reorientar el debate hacia una solución pragmática y negociada que tenga en cuenta la realidad sobre el terreno”, precisa el también exministro y actual parlamentario.
En cuanto a la reanudación de las relaciones con Israel, considera que se enmarcaron en el mismo contexto diplomático, y en los “vínculos históricos que unen a Marruecos con su comunidad judía y la diáspora en Israel [cerca de un millón de habitantes de origen marroquí]”. Además de los acuerdos en materia de seguridad y defensa, Haddad resalta la expansión de cooperación en ámbitos como la tecnología y la ciberseguridad.
Marruecos se ha dotado del sistema antiaéreo y antimisiles Barak MX, fabricado en Israel, desplegado como cúpula de hierro del desierto en el Sáhara, con un coste de 430 millones de euros. Al mismo tiempo, los ejércitos israelí y marroquí han suscrito este año por primera vez un plan de acción militar que consolida el acuerdo de cooperación en materia de defensa firmado por ambos gobiernos en 2021. En él se inscriben maniobras conjuntas, como las de los ejercicios African Lion organizados por EE UU en el sur marroquí y en los que participan tropas israelíes o la construcción de dos satélites espía Ofek 13 diseñados por Israel Aerospace Industries por 925 millones de euros para las Fuerzas Armadas de Rabat.
Acuerdos con Rusia, China y América Latina
El Sáhara vertebra la estrategia exterior de Rabat, y Haddad admite que la Resolución 2797 del Consejo de Seguridad representó “un avance diplomático significativo ante la creciente atención que se presta a la iniciativa de autonomía marroquí, aunque sin prejuzgar el resultado final de las negociaciones”. Considera que las abstenciones de Rusia y China pueden interpretarse como una expresión de sus reservas y enfoques tradicionales sobre la cuestión del Sáhara, pero destaca que ningún miembro permanente ejerció su veto, “lo que confirma la existencia de un espacio diplomático para continuar las conversaciones”, sobre la base del plan de autonomía.
Rabat suscribió en 2020 un acuerdo de pesca con Rusia, renovado en 2025, mientras que la flota pesquera europea dejó de faenar en aguas bajo control de Marruecos en 2023. China también ha dado los primeros pasos para echar sus redes en esos mismos caladeros, aunque Pekín ha centrado su interés económico en la instalación de gigaplantas de fabricación de baterías eléctricas y otros componentes para automóviles.
La cuestión del Sáhara Occidental es “el prisma a través del cual Marruecos considera su entorno internacional”, de acuerdo con la doctrina oficializada en un discurso del rey Mohamed VI en 2022. La mano tendida solo se abre a quien comparte el criterio de Rabat para la autonomía del territorio bajo su autoridad exclusiva. El actual monarca ha emprendido durante su reinado una estrategia de acercamiento a los Estados subsaharianos con el fin de reintegrar a su país en 2016 en la Unión Africana. Su padre, Hasán II, la abandonó de un portazo en 1984 tras el ingreso de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), proclamada por el Frente Polisario.
La apertura de tres decenas de consulados en El Aaiún o Dajla (antigua Villa Cisneros), las principales ciudades del Sáhara, y la evolución de las posturas de varios Estados africanos demuestran, según afirma Haddad, encuadrado en el Partido Istiqlal, conservador y nacionalista, el creciente fortalecimiento de las relaciones marroquíes en África. Marruecos ha puesto en ese continente uno de los focos centrales de sus intereses diplomáticos. Lleva décadas tejiendo en África una red económica, diplomática y religiosa, y ejerce influencia sobre numerosos países subsaharianos a través de inversiones en los sectores de banca, seguros y telecomunicaciones. Los destinos africanos de la compañía aérea de bandera Royal Air Maroc se han multiplicado por tres en los últimos años hasta convertir el aeropuerto Mohamed V de Casablanca en un nodo de conexión entre África y Europa.
En América Latina, Marruecos también ha emprendido esfuerzos para diversificar y consolidar sus alianzas. Algunos Estados han reevaluado su posición respecto a la RASD. El último ha sido Colombia, que el pasado 8 de agosto reconoció la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental y congeló sus relaciones con la República Árabe Saharaui Democrática, siguiendo los pasos de otros gobiernos conservadores latinoamericanos que han desplazado a los de mandatarios progresistas.
Igual que la mayoría de los marroquíes, Haddad reafirma la posición histórica de su país sobre Ceuta y Melilla —como “ciudades ocupadas” que deben ser reintegradas a la soberanía nacional—, si bien reconoce la necesidad de abordar este asunto con cautela y en un espíritu de diálogo en plena campaña electoral. “Marruecos puede seguir expresando su posición [soberanista], y priorizar al mismo tiempo la cooperación y la estabilidad en sus relaciones con España”.
La estrategia internacional de Marruecos sobre el Sáhara se ha visto afianzada por su alianza con EE UU bajo la presidencia de Trump y con el Israel del primer ministro Benjamín Netanyahu. Esta posición de ventaja puede contribuir a reforzar su influencia diplomática general, pero, como añade Haddad en un mensaje contemporizador, “no prejuzga el tratamiento específico de la cuestión de Ceuta y Melilla”. Considera que podría abordarse “gradualmente, cuando las condiciones políticas y diplomáticas sean propicias, respetando los intereses de las poblaciones afectadas y la estabilidad del Mediterráneo occidental (…) mediante un enfoque basado en la consulta, la confianza y la búsqueda de soluciones pacíficas”.
La decisión de Trump en 2020 sobre el Sáhara marcó un punto de inflexión para Marruecos, aunque hubo precedentes de su giro diplomático, como subraya la profesora de Relaciones Internacionales Irene Fernández Molina. La invalidación por la Unión Europea entre 2015 y 2016 de sus acuerdos con Rabat que afectan al Sáhara Occidental (pesca, comercio, agricultura…) ya produjo un vuelco en la política de Rabat, que pasó a dar prioridad a la denominada “integridad territorial”. Marruecos adoptó entonces una actitud más agresiva, hasta el punto de que desencadenó una crisis con la UE, sin diálogo político al más alto nivel hasta 2019.
La apertura de consulados de países africanos en el Sáhara Occidental rompió después el consenso internacional sobre la excolonia española, explica la misma experta en política exterior marroquí. “La declaración de soberanía de Trump fue la guinda que colmó el pastel y proporcionó a Rabat una victoria diplomática inimaginable hasta entonces”. Y añade: “Trump fortaleció la posición de Marruecos, pero todo quedó en un coitus interruptus, ya que la Administración del demócrata Joe Biden optó por dejar en suspenso poco después el reconocimiento de soberanía sobre el Sáhara, sin aplicarlo con medidas concretas”.
La analista universitaria sostiene que la resolución del Consejo de Seguridad 2797 de octubre de 2025 no supuso un cambio tan radical: “La Misión de Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (Minurso) no ha desaparecido, como pretendía Rabat, y la consulta [sobre autodeterminación] sigue figurando formalmente en su nombre”. En medio de la “centralidad sin precedentes” alcanzada por plan de autonomía marroquí tras la votación en la ONU, se mantiene en el fondo la ambigüedad de resoluciones anteriores. “Un nuevo proceso de negociación fue impulsado por EE UU a principios de este año, pero ha perdido fuelle y se ha diluido, sin que haya vuelto a generar noticias desde el inicio de la guerra de Irán”. Cita las reuniones convocadas por Washington entre Marruecos y el Frente Polisario, en presencia de Argelia y Mauritania, que comenzaron oficialmente en febrero en Madrid. “Rabat esperó el retorno de Trump a la Casa Blanca para dar pasos de gigante [en la escena internacional] con el objetivo de obtener la legalización internacional de su control de facto sobre el territorio del Sáhara Occidental”.
Los analistas se preguntan ahora si Rabat está en condiciones de abordar la cuestión de Ceuta y Melilla. “Hay una jerarquía de prioridades”, puntualiza esta experta, “y Marruecos está aún lejos de conseguir un reconocimiento internacional pleno de la anexión del Sáhara. Es un asunto que aún no ha sido cerrado conforme a sus intereses. Mientras, la cuestión de Ceuta y Melilla ocupa un lugar subsidiario”.
Aunque se escuchen ahora en Marruecos distintas voces que sacan a colación la reivindicación sobre ambas ciudades autónomas, la algarabía política y mediática se explica más por las elecciones legislativas del 23 de septiembre, apostilla la profesora Fernández Molina, que porque realmente haya cambiado la orientación estratégica en el corazón del régimen marroquí.